11.4.10

Experiencia Nº 29

Recogemos frambuesas en la casa de campo de alguien, igual que si de nuestra granja del Facebook se tratara.
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En el metro de París me planteo como voy a orientarme cuando salga a la superficie. No llevo mapa, estoy sola, pienso que lo más viable es ir pendiente de los edificios más altos, una vez los identifique será mucho más fácil saber qué hay al rededor.

En la calle el cielo está igual de nublazo que siempre y el frío entumece mi cara hasta que me acostumbro. Estoy sola, no conozco a nadie y lo único que sé es cómo volver a mi casa. Sé que he venido al centro a hacer algo, pero ahora mismo no recuerdo qué. Estoy en una plaza, y en esa plaza montones de transeuntes miran al cielo preocupados porque una enorme grua no deja de tambalearse sobre nuestras cabezas. Es una grua amarilla con un cargamento de enormérrimas varas de metal colgando en un extremo. El tiempo que tarda en recorrer la plaza entera se me hace eterno, pero me quedo mucho más tranquila cuando desaparece el gran brazo que amarra la posible masacre que yo por mi cuenta me imagino.

Cuando dejo de prestarle atención a la grua enorme es cuando me percato de que estoy delante de la mayor y más preciosa Ópera de Europa, y no es la Ópera Garnier, es una Ópera que no está en los libros de historia y que nadie conocería aunque yo dijera su nombre. Porque es MI ópera, es la ópera ideal de París, es una mole arquitectónica ecléctica y oscura llena de columnas de mármoles de todos los colores que existen. Mientras recorro sus laterales encuentro columnas de más y más colores, y luego dejan de ser de mármol para convertirse en verdaderos pilares de arte contemporaneo: hay columnas formadas por las pequeñas Torres Eiffeles que venden a los turistas, hay otras formadas por clips de colores, otras formadas por pelotas de fútbol o pelotas de playa, otras formadas por terracota al modo de la Sagrada Familia de Barcelona. Todo este caos artístico-kitch me recuerda al Palacio Ideal del cartero Cheval, pero a MI manera. Y me encanta, porque ocurra lo que ocurra, sólo yo tendré la clave para construir la Ópera Ideal de París.
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Juanito y yo tomamos café en una terraza con Nerea, Toñi y Akitina como si lo hicieramos todos los días, como con amigos de toda la vida,  con esas risas, chistes, complicidades... Nerea es quien menos habla y me mira tímida por debajo del flequillo, pero está aquí, que es lo importante, y yo sé que terminará sintiéndose cómoda a mi lado.

Después de media tarde hablando de todo y de nada, de disfrutar del sol y de fijar hora para quedar al día siguiente, las tres chicas se levantan, y mi mayor sorpresa llega en este momento cuando las tres se ponen a trotar saltando a la vez y reproduciendo con los pies el saludo que Harry y Juanito inventaron en París. ¿Cómo lo conocen ellas? Se han dado cuenta de que nos gusta la anécdota y vuelven más de cinco veces hacia atrás para volver a repetir el espontáneo trote junto con la palmada de pies. 

Mientras se alejan definitivamente yo pienso en las fortísimas conexiones que hacen que personas que han estado en lugares diferentes en el mismo momento compartan un vínculo especial.




[soñado algún día de marzo de 2010...]

3 dejabus:

Secilla! dijo...

XDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

Me ha hecho gracia imaginarme a las 3 haciendo eso a la vez XDDDDDDDD

Neli dijo...

Que guay tu opera *.*

Violeta Cejas dijo...

Estoy con Lou, verás cuando lo lea Harold xD

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